Huancayo: capital de Junín

Nos dirigíamos a Huancavelica, marcador azul en el mapa, uno de los pueblos más grandes que esperábamos para descansar. Primero sin embargo, fuimos a parar a Huancayo, marcador verde. ¿Cómo? Ariadna.

Mapa de la situación

Desde el inicio del viaje hablamos que nuestro objetivo era llegar a pedalear el máximo de km posibles y evitar coger buses y transportes más rápidos. El único handicap era el tiempo meteorológic ya que en Perú la época de lluvias llega en octubre y faltaba poco. Aunque teníamos ganas de disfrutar del trayecto con calma estaba claro que el tiempo apresaba. Así pues, decidimos acelerar una etapa y coger un camión que veíamos a lo lejos. No entendimos muy bien donde iba a parar pero en definitiva el camión nos acercaría un poco más a un pueblo antes de que oscureciera, así que subimos a la parte posterior del camión donde cargamos las bicicletas.

Nos dejó 2km más adelante. Valía la pena? No, definitivamente no lo habíamos entendido bien pero nos lo tomamos riendo. Nos dispusimos a montar la carpa y empezar a hacer la cena cuando Ariadna se dio cuenta que no tenía su mochila de espalda, se la había dejado en el camión.

Entré en pánico. La mochila era de Gerard, llevábamos la documentación y … en ese momento no supe recordar qué más había. Ariadna

Gerard no perdió la calma, al principio. Intentamos volver donde nos había dejado, no sabíamos hacia dónde había ido ni teníamos manera de contactar con los conductores. A lo lejos vimos una casa con luz y decidimos ir a preguntar. Era un guarda de una productora de electricidad, al principio desconfiaba de nosotros pero al explicarle la situación nos dejó entrar. La casualidad hizo que tuviera un colchón para dejarnos y una cocina, así que nos quedamos a dormir allí. Al ser guarda tenía controlados todos los camiones que pasaban, tampoco eran demasiados, y nos explicó que era de una mina que había a una hora del lugar en coche. -Id mañana, puedo llevaros en moto- nos dijo el guarda de la eléctrica.

Así que le hicimos caso. Al día siguiente Ariadna subió a la moto del guardia que por 40 soles le ofreció acompañarla, ya que en la mina no dejan entrar a cualquiera.

Fue un trayecto entretenido, iba muy rápido con la moto por caminos llenos de surcos y botes, pero llevábamos casco. Al llegar estuve hablando con los mineros, les hacía bastante gracia una gringa buscando un camión. Después de mucho rato, los hombres lograron saber cuál era el camión y quien lo conducía, se había ido hacia Huancayo. Ariadna

Con su teléfono conseguimos contactar con él y resultó ser un hombre muy amable. Nos aseguró que guardaría la mochila hasta que llegáramos. Al llegar de nuevo a la cabaña donde habíamos dormido Gerard había hecho un amigo, un pastor de alpacas que le enseñó a pasturar llamas.

Ssshhhhh! Shhhhhh! Fue un buen rato con el pastor, conocí su realidad de cerca y me reí mucho aprendiendo a pastaurar llamas y alpacasGerard

Huancayo es una ciudad grande, capital del departamento de Junín. Estaba a unos 80 kilómetros de donde nos encontrábamos y pedaleando habríamos tardado un día en ir y dos en volver. La idea era no destinar tantos días así que decidimos confiar las bicicletas al buen chico que nos había acogido y coger algún transporte que nos llevara.

El transporte? Bueno, fue el castigo por haberme dejado la mochila Ariadna

Subimos a un camión que transportaba ovejas y alpacas. Nada agradable. Antes de subir no nos imaginábamos lo que era: un montón de animales amontonados, muriéndose por asfixia. La gente se sentaba encima, las pisaba sin ningún miramiento y aún dejaban subir más y más personas. Estábamos alucinando, era una tortura animal. Nos preguntábamos porque no las mataban para transportarlas de aquella manera y nos explicaron que les daban más dinero si estaban vivas porque aseguraban el buen estado. Si ya comíamos poca carne aquella experiencia nos reafirmó. Por «suerte» el camión pinchó una rueda. Fue una fuerte sacudida, pensábamos que encima de tener que vivir esa experiencia tan desagradable no llegaríamos nunca. De repente apareció otro camión y la gente lo hizo parar para que los gringos pudieran continuar su camino.

Salimos del fuego para caer en las brasas. Era un camión que transportaba toros, atados por los cuernos en las maderas del camión y por si fuera poco en una parada cogieron cerdos y burros. Todos los animales mezclados que se daban miedo entre sí, se daban golpes y gritaban. Un buen castigo, el viaje más largo de nuestras vidas.
Finalmente llegamos a Huancayo y nos encontramos con la madre del camionero que nos dio la mochila. Sí, la recuperamos! No parecía que la historia pudiera terminar bien, ¿verdad?
Dormimos allí y aprovechamos el viaje para conocer la ciudad. Al cabo de tres días volvíamos a estar en el mismo lugar, esos 5 minutos no pedaleados arriba del camión se convirtieron en 3 días de retraso.

Moraleja

Nos reencontramos con las bicicletas, intactas. Habian estado dos noches solas en una casa sin tejado! Cuando las vimos la felicidad nos inundó, contra todo pronostico, todo había salido bien! Ahora sí, podíamos reír de lo que había pasado y ver la parte positiva como sabemos hacer tan bien.
Continuamos la ruta por pequeños cuellos de 4.500m y finalmente hicimos un descenso de los 4.660m hasta Huancavelica, a 3.660 metros. Fue una bajada preciosa, unas vistas espectaculares hasta llegar a un río ya desgraciado debido a la ciudad y barriadas que se construyen alrededor.